Boris Quiroz

Technologist. Sometimes I do some coding.


La histórica alza de combustibles que entró en vigencia en Chile esta semana volvió a poner sobre la mesa una pregunta que aparece cada vez que hay un shock relevante en el costo de vida: ¿cómo se entrega ayuda rápido, con criterios claros y sin montar otra capa de burocracia manual?

El contexto no es menor. Según lo reportado por distintos medios durante el 24, 25 y 26 de marzo, la bencina de 93 octanos subió del orden de $370 por litro y el diésel cerca de $580 por litro. En la práctica, eso empuja costos de transporte, logística y operación en un momento donde muchos hogares y pequeños prestadores de servicios ya están funcionando con poco margen.

Más allá de la discusión fiscal o política, creo que aquí hay un punto técnico interesante: una vez que existe una infraestructura mínima de identidad verificable y pagos programables, habilitar beneficios focalizados es bastante más simple de lo que suele asumirse.

Y el caso de transporte escolar es especialmente ilustrativo.

Cuando se discuten ayudas estatales o subsidios sectoriales, muchas veces la conversación se traba en la última milla financiera: cómo transferir fondos, cómo evitar fraude, cómo impedir doble cobro, cómo limitar el beneficio a quienes realmente corresponda.

Pero si uno separa el problema en capas, como lo haría Shrek, la arquitectura se vuelve mucho más manejable:

  • Primero, demostrar que la persona receptora pertenece al grupo correcto;
  • Luego, definir la regla del beneficio;
  • Finalmente, ejecutar el pago o el claim de forma auditable.

La capa de pagos, en realidad, no es la parte más compleja. La parte complicada es la elegibilidad.

En el caso chileno, ya existe un punto de partida útil: el Registro Nacional de Transporte Público y Escolar del MTT. Hoy esa consulta está pensada como una herramienta pública en línea para revisar información asociada a vehículos inscritos, su vigencia y otros datos operativos. No es todavía una API (mal ahí) de elegibilidad ciudadana lista para conectarse directo a una wallet. Pero sí demuestra algo importante: el Estado ya mantiene registros sectoriales públicos y operativamente relevantes.

Eso importa porque reduce el problema de “inventar un sistema desde cero” a uno mucho más concreto: cómo transformar una condición administrativa ya existente en una señal verificable para habilitar un beneficio.

Qué pasó esta semana y por qué importa

Como ya sabemos, esta semana el gobierno anunció una de las mayores alzas de combustibles registradas en Chile en décadas, con aumentos cercanos a $370 por litro en bencinas y $580 en diésel, junto con un paquete de mitigación que no entrará en vigencia aún (por, oh sorpresa! temas burocráticosa). No es difícil imaginar el efecto que algo así puede tener sobre, por ejemplo, el transporte escolar ahora que el combustible deja de ser una variable medianamente estable y pasa a convertirse en un costo crítico.

La respuesta tradicional suele ir por uno de estos caminos:

  • Subsidios amplios y poco focalizados,
  • Transferencias con procesos manuales lentos,
  • Soluciones transitorias difíciles de auditar después.

La alternativa programable es más simple:

  • Identificar a las personas o entidades elegibles,
  • Definir una regla explícita de ayuda,
  • Dejar que el sistema ejecute esa regla automáticamente.

Cómo se vería un beneficio programable para transporte escolar

En la PoC actual de Admapu ya existe la base técnica para modelar algo así. No hablo todavía de una integración institucional completa con el MTT ni de un producto listo para producción. Hablo de algo mucho más acotado y demostrable: un contrato que permita reclamar un beneficio mensual solo a wallets chilenas verificadas que además estén habilitadas para el programa de transporte escolar.

La lógica es directa:

  1. La wallet demuestra que pertenece a una persona chilena verificada.
  2. El programa consulta si esa wallet está habilitada para el beneficio.
  3. Si cumple ambas condiciones, puede reclamar un monto fijo.
  4. Ese claim queda registrado on-chain para impedir dobles cobros durante el mismo período.

Eso significa que el beneficio deja de depender de revisión manual caso a caso y pasa a ejecutarse bajo reglas explícitas. Win!

En la implementación actual, la elegibilidad de transporte escolar vive temporalmente como una allowlist dentro del contrato del beneficio, justamente para evitar acoplar de inmediato toda la PoC a una migración del identity registry. Es un tradeoff técnico deliberado y temporal. Pero demuestra el punto central: la regla de negocio ya es programable.

Hoy ese contrato puede definir algo tan simple como:

  • “Esta wallet puede reclamar una vez al mes”
  • “El monto es fijo”
  • “Si ya reclamó este período, no puede volver a hacerlo”
  • “Si no está habilitada, revierte”

Eso ya es una mejora importante frente a procesos donde el control de elegibilidad, frecuencia y trazabilidad queda repartido en planillas, validaciones manuales y conciliaciones posteriores. Y gente tratando de hacerse los vivos (o pasarse de listos).

Por si a alguien le interesa, se ve más o menos así:

Lo interesante no es solo el contrato, sino el costo de habilitarlo

Una conclusión que se vuelve cada vez más clara con esta PoC es que agregar un nuevo beneficio no requiere rehacer todo el sistema. Una vez que exista una capa de identidad, un token restringido por elegibilidad, un patrón de contracts para programas sociales, y una ruta gasless para que el usuario no pague ETH entonces habilitar un beneficio nuevo se parece más a parametrizar una política que a construir un sistema completo desde cero. Eso, me parece, es relevante porque cambia la conversación, porque la pregunta deja de ser si ¿Es demasiado complejo técnicamente hacer un beneficio focalizado? y pasa a ser ¿Tenemos la señal correcta de elegibilidad y la voluntad institucional de usarla?.

Desde el punto de vista técnico, un beneficio para el transporte escolar puede modelarse con una cantidad acotada de piezas:

  • Una fuente de verdad para ciudadanía verificada,
  • Una fuente de verdad para elegibilidad sectorial,
  • Una regla temporal de claim,
  • Una interfaz simple para operar el beneficio.

La complejidad dura no está tanto en el smart contract. Está en la gobernanza de la elegibilidad.

Donde todavía está la parte difícil

Conviene no vender humo: que algo sea programable no significa que ya esté institucionalmente resuelto.

Para que un beneficio como este funcione de forma seria, todavía faltan capas importantes:

  • una fuente oficial y robusta para la elegibilidad de transporte escolar;
  • una forma de vincular esa condición administrativa con una identidad digital o wallet sin comprometer privacidad innecesaria;
  • reglas claras de revocación, vigencia y auditoría;
  • y operación pública suficientemente simple como para no depender de expertos en blockchain.

En otras palabras: el desafío de fondo no es escribir claim(). El desafío es transformar un criterio administrativo real en una condición verificable y operable.

Pero justamente ahí está lo interesante de esta etapa de Admapu: la PoC permite mostrar que, una vez resuelto ese enlace, el resto del flujo deja de ser un gran salto técnico y pasa a ser un ejercicio de parametrización de reglas. Eso, para una PoC, creo, ya es bastante.

Si bien esta semana la discusión pública estuvo marcada por cuánto subió la bencina, lo que me parece súper razonable, creo que es igual de importante es preguntarse cómo el Estado podría reaccionar mejor cuando ocurren estos shocks. (Nota personal: creo que el Estado nunca debe ser reactivo, y en este caso, a todas luces, faltó planificación. Pero esa es otra discusión).

Mi impresión, después de avanzar en esta PoC, es que la parte técnica para habilitar beneficios focalizados está mucho más cerca de lo que parece. No porque todo esté listo, tampoco porque problema institucional sea trivial. Sino porque la arquitectura mínima para hacerlo ya puede demostrarse hoy: identidad verificable, reglas explícitas, claim periódico, trazabilidad pública y costos operativos razonables.

Eso no reemplaza la política pública. Pero sí puede darle mejores herramientas. Y en escenarios como el actual, donde los costos de transporte cambian de la noche a la mañana tener mejores herramientas no es un detalle.